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«La verdad sobre Dios y el hombre a la luz de la Divina Misericordia»

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Primera parte de la conferencia del IV Congreso Internacional de Apóstoles de
la Divina Misericordia del pbro. dr. Jan D. Szczurek, profesor de la Universidad
Pontificia Juan Pablo II. La Misericordia muestra el verdadero rostro de Dios.

Este tema tiene de forma natural la estructura de un díptico, en el cual en un pliegue encontramos a Dios Uno en la Santísima Trinidad, y en el otro al hombre creado por El a su imagen y semejanza. Lo que une estas dos partes es la misericordia.
Por eso primeramente van a ser presentadas las verdades concernientes a Dios, quien manifiesta su misericordia, y luego las concernientes al hombre como gratificado con la dignidad y capaz de recibir la misericordia. La fuente principal de nuestra reflexión será la encíclica sobre la Divina Misericordia, Dives in misericordia, que es la continuación de la reflexión emprendida durante el simposio titulado “Ser apóstol de la Divina Misericordia”, el 26 de octubre de 2000.

La visión de Dios

Sobre el tema de la misericordia de Dios ya se ha dicho mucho, por eso basta recordar la definición básica que encontramos en la encíclica de Juan Pablo II sobre la Divina Misericordia y que explica, al mismo tiempo, la correlación del amor con la misericordia: “La misericordia es la dimensión indispensable del amor, es como su segundo nombre y a la vez el modo específico de su revelación y actuación respecto a la realidad del mal presente en el mundo que afecta al hombre y que lo asedia, que se insinúa asimismo en su corazón y puede hacerle “perecer en la gehena” (Mt 10, 28).
Es infundada entonces la identificación de la misericordia con el amor, ya que el ámbito (el objeto) del amor de Dios es significativamente más amplio. A la luz de la enseñanza de la Iglesia atestiguada, entre otros documentos, en la encíclica citada, la misericordia (o el amor misericordioso) es la actitud de una persona hacia otra afectada por el mal. Tal enseñanza está contenida también en el “Catecismo de la Iglesia Católica”, que afirma, entre otras cosas:
“La acogida de su misericordia exige de nosotros la confesión de nuestras faltas” (CIC 1847). El “Catecismo” comprende la misericordia de Dios justamente como su propia actitud hacia el hombre pecador, quien busca el perdón. El dirigir la atención sobre este aspecto de la Divina Misericordia nos permite dar respuesta de una forma más amplia a la pregunta sobre qué verdades del hombre se derivan del don de la Divina Misericordia, es decir, de que el hombre experimenta la misericordia (Cfr 1 Pe 2, 10).

Jesús muestra al Padre

Una verdad especialmente apreciable y poco puesta de relieve, contenida en la revelación de la misericordia así comprendida, es la “visión” de Dios. Sobre esto habla San Juan Pablo II en la encíclica Dives in misericordia, comentando la respuesta de Jesucristo a la petición de san Felipe:
“Conforme a las palabras dirigidas por Cristo a Felipe (Cfr. Jn 14, 9s), “la visión del Padre -visión de Dios mediante la fe halla precisamente en el encuentro con su misericordia un momento singular de sencillez interior y de verdad, semejante a la que encontramos en la parábola del hijo pródigo” (DM 13a).
“La visión del Padre” mediante la experiencia de su misericordia es una visión especial, para la cual el hombre, experimentando la misericordia, está facultado. Se trata de una visión que no es contraria a la revelación de Dios que dice ante todo: “Mi rostro no podrás verlo, porque nadie puede verme y seguir con vida” (Ex 33, 20), y a continuación que “A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre, él lo ha contado” (Jn 1, 18).
Sobre esta base la teología bíblica enseña que Dios se hizo visible en Jesucristo, porque “ver a Jesús significa ver la Palabra y la Vida que está junto al Padre y que se nos manifestó (1 Jn 1, 1-3)”. También por eso en el fragmento de la encíclica arriba citado el Papa subraya que es la “visión” de Dios mediante la fe” que se hace posible precisamente gracias al “encuentro con su misericordia” revelado en Jesucristo.

Cercano al hombre

Tal “visión” de Dios no está reservada únicamente para los elegidos, obsequiados con unos dones místicos extraordinarios.
Ella es accesible para todos tal y como escribe el apóstol san Pablo: “Pues Dios encerró a todos los hombres en la rebeldía para usar con todos ellos de misericordia” (Rm 11, 32). Se puede decir que Juan Pablo II es como si reafirmara la afirmación del apóstol cuando observa que “Revelada en Cristo, la verdad acerca de Dios como “Padre de la misericordia” (2 Cor 1, 3) nos permite “verlo” especialmente cercano al hombre, sobre todo cuando sufre, cuando está amenazado en el núcleo mismo de su existencia y de su dignidad”(DM 2d). De aquí llegamos a la conclusión de que cuanta más profunda es la experiencia del sufrimiento y cuanto mayor es el sentimiento de la amenaza, tanta más clara puede ser la “visión” del Padre de la misericordia. Esto es posible bajo la condición de que guardemos la fe firme de un modo conveniente, capaz de conferir tal “visión”.
La afirmación sobre la visión de Dios por medio de la misericordia es analizada por Juan Pablo II en el contexto de la afirmación teológica muchas veces repetida de que la misericordia divina es el atributo más perfecto de Dios. El Papa explica que “no se trata aquí de la perfección de la inescrutable esencia de Dios” (DM 13a), es decir, no se trata de la perfección en sí misma, sino de su importancia para el hombre. Justamente gracias a tal perfección “el hombre, en la verdad íntima de su existencia, se encuentra particularmente cerca y no raras veces con el Dios vivo” (DM 13a).

Abrirnos a su Misericordia

Esta “visión” de Dios, y más concretamente del Padre, es posible gracias a la “visión” de Cristo en conformidad con lo que El mismo ha dicho “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14, 9). En cambio a Cristo podemos verlo en la fe de la Iglesia y en su enseñanza, algo que nos recuerda el Papa en las siguientes palabras:
“Todo esto que forma la “visión” de Cristo en la fe viva y en la enseñanza de la Iglesia nos acerca a la ‘visión del Padre’ en la santidad de su misericordia” (DM 13 b). Es maravilloso que la Iglesia, que proclama la misericordia de Dios y que vive con ella por medio de los santos sacramentos, nos permite ya aquí en la tierra “ver” al mismo Padre en su misericordia aún no cara a cara, sino como en un espejo, sobre lo cual habla san Pablo: “Ahora vemos en un espejo, en enigma. Entonces veremos cara a cara.” (1 Cor 13, 12; Cfr 2 Cor 3, 18).
Recapitulando este fragmento de nuestra reflexión tenemos que constatar que san Juan Pablo II nos hace conscientes de la verdad magnífica de Dios: La apertura a su misericordia permite “verlo” ya aquí en la tierra. Aunque es solo una visión como en un espejo, es sin embargo una visión real que confiere el conocimiento de la verdad. Esta posibilidad de la “visión” de Dios en el espejo de la misericordia es extraordinariamente importante bajo el aspecto existencial porque permite sentir la cercanía de Dios, permite “experimentarla” en un cierto modo, de donde nace un vínculo especial entre Dios y el hombre liberado de la “asechanza” mediante el poder de su misericordia.

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