InicioQué es la Divina MisericordiaFaustina: "Vengo a ti con Mi misericordia"

Faustina: «Vengo a ti con Mi misericordia»

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En el 93° aniversario de la revelación de la Imagen de Jesús Misericordioso, compartimos la primera parte de la conferencia de la hna. María Eliana, de la congregación de santa Faustina.

Era la noche del 22 de febrero de 1931. Sor Faustina llegó a su celda en el convento de la Congregación de las Hermanas de Nuestra Señora de la Misericordia en la ciudad de Płock. De repente vio a Jesús. Se acercó a ella radiante, lleno de luz, vestido con una larga túnica blanca. Levantó una mano para bendecir, con la otra tocó la prenda alrededor de su corazón. De este lugar salían dos rayos: uno de color rojo, el otro, como ella dijo, pálido. Faustina se quedó encantada y miró en silencio a su Señor. Sintió una gran alegría y, al mismo tiempo, miedo por tener a Dios tan cerca.
Después de unos momentos, Jesús rompió este silencio y le dijo: “Pinta una imagen según lo que ves, con la firma: ‘Jesús, en Vos confío’. Quiero que esta imagen sea venerada primero en tu capilla y luego en todo el mundo” (cf. Diario, 47).

Así comienza la historia de una de las pinturas más famosas de Jesucristo. Una imagen que se ha extendido por todo el mundo. La puedes encontrar en todas partes, tanto en grandes y magníficas catedrales como hasta en iglesias de madera escondidas en algún lugar en medio de la jungla tropical. Siempre venerada y amada por los fieles, la imagen es testigo de milagros y prodigios para miles de personas.

Quiere que lo miremos, que sea una relación cercana y amorosa

Dios quería que tuviéramos Su imagen. Fue Su iniciativa. Quería que pudiéramos mirarlo, que pudiéramos entablar una relación cercana y amorosa con El a través de ella.
Nosotros, ciudadanos del siglo XXI, necesitamos especialmente un icono así. Rodeados de cientos o incluso miles de imágenes con contenido diferente: avisos publicitarios, letreros de neón, anuncios parpadeantes, también necesitamos una imagen que nos dé algo más que frenéticos impulsos para correr a satisfacer nuestras necesidades y comprar cosas. Y obtuvimos una imagen que nos guía por la vida.
Durante esta reflexión, me gustaría hablarles sobre la imagen de Jesús Misericordioso. Llaman la atención algunos de sus elementos, que nos traen un mensaje muy importante para nosotros y que nos pueden ayudar a un encuentro muy cercano y profundo con Dios.
Empecemos por el entorno de la imagen. Jesús está en medio de la oscuridad. Entrando en ella, todo lo ilumina con su persona. Ahora ya no hay oscuridad. El lugar por donde entró Jesús es brillante. La imagen de Jesús Misericordioso ilustra de manera especial el Evangelio que se lee el Segundo Domingo de Pascua, que Jesús estableció como la Fiesta de la Misericordia.
Este pasaje describe los sucesos del Cenáculo. Los apóstoles, reunidos, se sientan a puertas cerradas, apartados del mundo. La noche cae lentamente, la habitación se vuelve cada vez más oscura. Pero la verdadera oscuridad reina principalmente en sus corazones. Están llenos de miedo y tristeza. Perdieron a Aquel que era toda su vida. Todos los planes y esperanzas murieron con Su muerte. Es cierto que las mujeres les hablaron de la tumba vacía y de ver ángeles, pero no pudieron creerlo. Y luego llega Jesús resucitado. El se para en medio de ellos. Les trae la paz como regalo y les permite tocar sus heridas.

Se acerca a nuestra realidad concreta

¿No es esta situación cercana a la nuestra? ¿Cuántos corazones están hoy oscuros? La oscuridad de la tristeza por estos tiempos difíciles, la oscuridad del miedo al propio contagio o a la enfermedad de personas cercanas a nosotros, la oscuridad de la soledad resultante del aislamiento, la oscuridad de la incertidumbre sobre el propio futuro, mantener el trabajo, garantizar una vida digna para usted y su familia… Tantas tinieblas diferentes nos están tocando ahora. Pero es precisamente en esta oscuridad en la que Jesús quiere entrar. Quiere iluminarla con su presencia, disiparla con su poder. La imagen de Jesús Misericordioso nos recuerda esta verdad: No estamos solos; Jesús está con nosotros en toda nuestra oscuridad y en todo nuestro sufrimiento. Su presencia siempre trae una luz que supera esta oscuridad y sufrimiento. ¿Cómo es posible? Mire cuidadosamente las manos y los pies de Jesús. Notará marcas de clavos en ellos. Estas huellas nos recuerdan su sufrimiento, su Pasión. Jesús tomó sobre sí todos los pecados de la humanidad, todas las tinieblas y todos los sufrimientos. Los vivió en cuerpo y alma. Murió, matándolos dentro de Sí mismo, y luego resucitó, trayendo nueva vida a la humanidad. Ahora resucitado viene a nosotros para darnos esta vida nueva. El conoce perfectamente este dolor, esta angustia, el sabor de este sufrimiento que experimentamos hoy. Y no quiere que nos destruya.
El puede ofrecernos su paz, consuelo y la verdadera felicidad que proviene de su cercanía. Depende de nosotros si queremos utilizar este regalo.

Le abramos la puerta

Te invito hoy, a que rezando ante la imagen de Jesús Misericordioso, pienses en tu vida y en tu situación actual. ¿Estás experimentando oscuridad ahora? Jesús quiere entrar en tu oscuridad y disiparla con su amor. Invítalo a actuar y a darte lo que más necesites. Y si te resulta difícil, si tu mirada deambula por el suelo, no te preocupes. Jesús previó esto y allí, a la altura de nuestros pies, dejó una pista: sencillas palabras que lo abren todo: “Jesús, en Vos confío”. Esta es la oración más simple que toca el corazón de Dios.
Nuestra confianza obtiene de El todo un mar de gracias que comienza a derramarse sobre nuestras vidas. Aquellos que confían en Dios nunca se sentirán decepcionados. Esta es la actitud que más extraña y desea, porque esa es la verdadera actitud de un niño. El niño espera todo de sus padres. Sabe que le darán todo y se ocuparán de todo. Y Dios quiere de nosotros una actitud tal que pongamos todo en sus manos y lo dejemos actuar en nuestras vidas.

Confiar: la gran batalla

Lo sé, no es fácil decir estas palabras: “Jesús, en Vos confío”. En tiempos tranquilos, cuando todo va bien, esa oración es fácil. Quizás la hemos dicho así muchas veces antes. Pero en una situación de sufrimiento, cuando estamos envueltos en la oscuridad, estas palabras cuestan mucho y es pesado decirlas. Sin embargo, sólo en esa experiencia adquiere verdadero valor nuestra confesión: en Vos confío. No cuando las decimos fácilmente, sino en medio de la oscuridad y el sufrimiento. Los invito a rezar esa oración, a esa lucha por la confianza en Dios. Sí, esta es una pelea real. Satanás se opondrá a ti. Intentará infundir todos los escenarios oscuros en sus corazones, tratará de intimidarlos, tratará de quitarles la esperanza y, al final, tratará de demostrarles que Dios no los ama realmente, ya que El permite todo esto. Por supuesto, no lo hará directamente. Utilizará varios medios para hacer esto, buscará esconderse para que usted no pueda reconocerlo.
Esta es su estrategia. Nuestras armas son estas simples palabras y la confianza que fluye de ellas. Siempre que notes que crece tu temor, que estás abrumado por el dolor, que toda la situación actual te está presionando contra el suelo, haz uso de las palabras que Dios nos da en Su Misericordia. Clama: “en Vos confío”, aunque no entiendo, aunque tengo miedo, aunque no sé lo que pasará conmigo y con mis seres queridos. Confío en Ti que eres mi Dios, Dios de Misericordia, que tomaste todo este mal sobre Ti, lo venciste en la Cruz y quieres darme una nueva vida en Ti. Confío porque nunca me decepcionarás. Yo mismo tengo experiencia de tal oración y sé cuánto le debo. Ella me salvó en los momentos más difíciles y dolorosos de mi vida. Pero también me acompaña en mi vida cotidiana en las pequeñas cosas ordinarias que también necesitan confianza. Creo firmemente que tal oración obrará verdaderos milagros en ti también.

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Jesús, en Vos confío

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