InicioQué es la Divina MisericordiaFaustina: "¡Empieza en la familia!"

Faustina: «¡Empieza en la familia!»

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El papel del hogar familiar de Helena Kowalska fue esencial para su vida y misión.
Conferencia de la hermana Faustyna Ciborowska, en el “Encuentro Virtual Habla al Mundo”.

En resumen, veremos que la misión de santa Faustina ya empezó en su casa familiar. Ya en Głogowiec, Dios comenzó a preparar a una niña, Helena Kowalska, para la gran tarea de cumplir la misión de recordar al mundo esta verdad eterna de que Dios es misericordioso.

¿Por qué mencionamos temas como: la confianza en Dios y la misericordia hacia los demás?

Así como un pájaro necesita dos alas para volar, el hombre, para poder ascender a Dios, necesita confiar en El y mostrar misericordia a las demás personas. Estas dos actitudes: la actitud de confiar en Dios y la actitud de mostrar misericordia hacia los demás determinan si una persona realmente adora la Misericordia de Dios. Las condiciones en las que debía vivir la futura sor Faustina resultaron ser un entorno propicio para moldear ambas actitudes. Dios eligió la casa de la familia Kowalski para que en el corazón de esta niña, Helena Kowalska, futura Apóstol de la Divina Misericordia, se prepare el terreno para el desarrollo de la misión del Mensaje de la Misericordia, es decir, la misión que iba a emprender sor Faustina.
En esta conferencia trataré de mostrar cuán extremadamente importante es el entorno familiar en la formación espiritual, moral e intelectual de los niños. Este encuentro no será una conferencia académica en el campo de la pedagogía o de la psicología. Compartiré con ustedes, queridos oyentes, mi reflexión personal, mi descubrimiento de la acción de Dios en la vida de santa Faustina desde temprana edad. Un conocimiento más cercano de la infancia de sor Faustina muestra claramente lo importante que es orar juntos en familia, con los padres, y el buen ejemplo de vivir con Dios. Además, muestra lo importante que son las sanas reglas de educación en el espíritu para guardar los mandamientos de Dios.

El hogar familiar como escuela de confianza en Dios y misericordia hacia los demás

Głogowiec es un pueblo ubicado cerca de la ciudad de Łódz. Un pueblo donde las noticias del mundo llegaban con retraso. Un pueblo donde la gente trabajaba muy duro en la tierra y el suelo era poco fértil. Podía producir principalmente centeno y papas. La casa de la familia de Helena Kowalska se construyó con el material más barato, popular en la zona, es decir, piedras de roca caliza unidas con un mortero de barro que se desmorona rápidamente. El techo estaba hecho de paja. Los padres de Helena Kowalska administraban solo cinco hectáreas de tierra, de las cuales dos hectáreas eran una pradera improductiva. Así que fue un milagro alimentar a diez niños con sólo tres hectáreas de tierra. El padre, carpintero, no tenía un trabajo permanente. Trabajaba a tiempo parcial. Así que en casa, en resumen, “la pobreza gritaba”. La hermana Faustina creció en condiciones muy pobres y duras. Iba a la escuela mal vestida. Tal era la miseria que los compañeros de clase no querían sentarse con ella porque tenía la ropa raída y dañada. No es de extrañar que a los 14 años tuviera muchas ganas de trabajar. Quería trabajar como empleada doméstica, porque, como decía, tiene “el peor vestido y no tiene nada que ponerse para ir a la iglesia el domingo, y mi padre sigue trabajando duro y necesita ayuda”.

¿Por qué hablo de esto?

¿Por qué hago hincapié en las malas condiciones de vida de la familia Kowalski? Quiero mostrar que la confianza en Dios (y tal ejemplo de vida lo dieron los padres de Helena) dio fuerza tanto mental como física, no sólo para vivir, sino también para encontrar sentido a la vida y alegría aún en estas condiciones.
A pesar de tales condiciones, hubo un cordial ambiente familiar en el hogar de la familia Kowalski, es decir, amor, cuidado mutuo y, lo que es sumamente importante, una “imaginación de misericordia”. No hicieron de las condiciones miserables en las que vivían el centro de sus vidas. Tomaron esta difícil realidad por lo que era y trataron de verla con los ojos de Dios. Ellos no se quejaron. El hecho de estar bajo ocupación rusa no dominó sus temas familiares.
Pusieron toda su esperanza en Dios.

¿Cuál es la lección para nosotros?

Después de todo, hoy tampoco faltan las preocupaciones. Los padres están cada vez más preocupados sobre cómo alimentarán a sus hijos, para qué los educarán. La incertidumbre del mañana, la caída de los ingresos y, muy a menudo, la falta de un trabajo permanente y, por tanto, una sensación de inseguridad, no parecen propicias para construir relaciones familiares. Sin embargo, ¿no vale la pena seguir el ejemplo de la vida de los padres de sor Faustina hoy en día, especialmente en tiempos de pandemia? ¿Es el tema de la pandemia y la insuficiencia de dinero el principal tema de conversación en la familia?
Es mejor, como el señor y la señora Kowalski, poner todas las preocupaciones y planes, las dificultades y deseos en las manos de Dios… Confiar en El completamente; creer que, como leemos en el Diario de santa Faustina, Dios es realmente “Amor y Misericordia”. Si es así, El es el Señor de mi vida. El es el Señor de mi familia. El nos ama y vela por nosotros.
El se preocupa por nosotros y quiere bendecirnos. No prometió que sería fácil, pero aseguró que estará con nosotros hasta el fin del mundo, y sus heridas son una prueba irrefutable de su amor por nosotros. Depende de usted si se rendirá a sus preocupaciones o pondrá toda su esperanza en Dios y junto con Dios afrontará las dificultades. El ejemplo de la familia Kowalski muestra que experimentar la dura vida diaria junto con Dios da alegría, paz en el corazón y sentido a la vida, y, por lo tanto, contribuye a construir y desarrollar el amor conyugal y paterno.
Helena Kowalska, fue criada en esa atmósfera, una atmósfera de confianza, es decir, mirando la realidad que la rodeaba con los ojos de la fe, con los ojos de Dios. Así pudo abrir su corazón al sufrimiento de otras personas. Ya en tan jóvenes años de su vida, Dios, utilizando estas difíciles condiciones, sensibilizó el corazón de Helena a las necesidades de los demás y plasmó en ella, en el lenguaje del santo papa Juan Pablo II: “la imaginación de misericordia”.
Por ejemplo, una vez, de niña, se vistió con algunas ropas viejas de su madre y, de mendiga, paseó por el campo, fue de casa en casa rezando oraciones y mendigando para recoger donaciones y, luego, las llevaba al párroco para que las repartiera entre los pobres. Y también fabricaba juguetes con papel y trapos viejos para regalar a los niños pobres…
Esta actitud de misericordia no solo se limitó a la ayuda material en la parroquia a la que pertenecía, sino que Helena también mostró misericordia hacia sus hermanos. Bueno, todos los niños de la familia Kowalski tenían sus turnos y deberes que cumplir. Desde pequeños, los niños aprendieron a trabajar: ayudaban a sus padres en el campo, cuidaban a sus hermanos menores y pastaban las vacas. Y, como niños, más de una vez descuidaron su deber o lo han hecho con torpeza, con nefastas consecuencias. Y, cuando los sorprendían in fraganti, o cuando, por ejemplo, rompían algo, se escapaban; sin embargo, Helena, queriendo defenderlos, se quedaba donde estaba y ni siquiera trataba de excusarse. A veces la “atrapaban” a ella, aun cuando era inocente de las travesuras de sus hermanos.
Helena era una niña muy sensible. Sucedía que sentía lástima hasta por una gallina o un perro que sufría, por eso a veces sus compañeros bromeaban sobre ella y le decían: “Oh, piedad”.

La casa de la familia Kowalski construida sobre Dios.

A pesar de las difíciles condiciones de la vida cotidiana y la enorme cantidad de trabajo, no faltó nunca tiempo para la oración en la familia Kowalski. Dios ocupó el primer lugar en sus vidas. Por lo tanto, dos días después del nacimiento de Helena Kowalska, sus padres: Marianna y Stanisław Kowalska llevaron al bebé a la parroquia San Casimiro en Swinice Warckie para bautizar allí a su niña, para encomendarla a Dios y agradecerle este milagro de su nacimiento, este tesoro de la vida. Y así, el 27 de agosto de 1905, el párroco local, el p. Józef Chodynski bautizó a Helena Kowalska. Y fue esta iglesia su lugar de oración durante casi la mitad de la corta vida de santa Faustina. Es posible que este gran deseo de convertirse en una gran santa, que llevaba en su corazón, apareciera en esta iglesia, en el actual Santuario del Nacimiento y Bautismo de santa Faustina. De todos modos, en esta iglesia, Helena Kowalska, primero de niña y luego de adolescente, experimentó sus primeras experiencias espirituales más profundas. Fue aquí, a los siete años, mientras rezaba ante el Santísimo Sacramento, cuando sintió la llamada de Jesús a una vida más perfecta, aunque entonces no tenía idea de que existía la vida religiosa. Fue aquí donde recibió su Primera Comunión a la edad de nueve años. Así, creció en condiciones propicias para el desarrollo de la gracia de Dios. Estas condiciones fueron creadas por sus padres, especialmente su papá.

Me gustaría mucho hacer un énfasis en el papel del padre en la crianza católica de los hijos

Bien, el padre de santa Faustina era uno de los pocos en el pueblo que sabía leer y escribir (generalmente eran analfabetos). Y le enseñó a Helena este arte. Había muchos libros religiosos en la casa de los Kowalski y, como Helena era una niña talentosa y deseosa de aprender, estaba gustosa tanto para pastorear las vacas, como para tomar libros, leerlos y memorizar fácilmente las historias que leía. Debido a que tenía una imaginación rica, pudo contar a otros niños historias de la vida de los santos de una manera atractiva. Quién sabe, estas lecturas ciertamente la hicieron añorar a Dios y desear vivir como los grandes santos. Pero veamos el papel del padre en este proceso del creciente deseo de Helena de una vida más santa. Fue su padre quien le enseñó a leer. Fue su padre quien le inspiró a leer libros decentes que moldearan el corazón y la mente. Fue gracias a que el padre le dedicó tiempo a su pequeña hija, que Helena amaba cada vez más a su padre y, naturalmente, creció el deseo de ser como su padre, es decir, de imitar a su padre. Quería orar como papá, quería
amar a Dios como papá. Papá fue un modelo de vida para ella. Gracias a esta actitud de su padre, se formó en el corazón de la pequeña Helena la imagen de Dios como un Padre que ama, que quiere pasar tiempo junto a su hija, que también le exige y debe serle obediente. Por eso, cuando Helena era adolescente y regresó demasiado tarde de una fiesta del pueblo y vio lo mucho que esto decepcionó a su padre, ella lo sufrió mucho. Sintió tanta pena por su comportamiento irresponsable que tomó la resolución de que “nunca volvería a avergonzar a mi padre”. Y no sólo eso, ella intentará darle sólo buena fama y consuelo a su padre. Tal decisión también atestigua el gran amor de Helena por su padre. Sentía que su padre la amaba, la amaba con un amor exigente. Por eso quería obedecerle para expresarle su amor y gratitud. Esta actitud, desarrollada en los años jóvenes de la vida de Helena, tendrá un gran impacto en su calidad de vida religiosa, en la forma en que recibe el contenido de las revelaciones de un Dios bueno y amoroso.

¿Quién hubiera pensado que el papel del padre en la crianza de un hijo es tan importante…? Y eso no es todo…

En la casa de la familia Kowalski, había un “altar” en el medio del pasillo, y a los lados estaban los cuadros del Corazón de Jesús y del Inmaculado Corazón de María, traídos por su padre de una peregrinación a Czestochowa. Por las noches, padres e hijos se reunían en este altar para orar juntos. Tal oración común construyó sus lazos. Los padres se convirtieron cada vez más en modelos, ejemplos de cómo vivir y cómo creer. Las mañanas también estuvieron marcadas por la oración. Temprano, el señor Stanisław cantaba en voz alta las Horas de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María. También una canción de agradecimiento a Dios por otro día de vida titulada: “Cuando amanece”. Y, en Cuaresma, “Amarga lamentación”, una canción sobre la Pasión de Cristo, que sigue siendo popular y practicada hoy en las iglesias de Polonia.
Helena Kowalska aprendió que el tiempo pertenece a Dios, que cada día de vida es una gracia, que vale la pena confiar el día a Dios por la mañana y dar gracias por la noche. Probablemente en Helena crecía la creencia de que si papá ora, Dios realmente existe. Dado que papá comienza la mañana con Dios, significa que Dios es alguien realmente importante, que vale la pena amarlo y dedicarle su tiempo. Helena también tuvo la oportunidad de descubrir que su padre no sólo oraba, sino que vivía de acuerdo con los mandamientos de Dios. Cuando su hermano una vez arrancó ramitas de abedul del árbol de un vecino, su padre lo castigó muy severamente. Los mandamientos de Dios son un asunto sagrado y había que obedecer el Decálogo. Así, Helena aprendió que la vida de fe debe ser confirmada por hechos. En el futuro comprenderá que la confianza en Dios es precisamente el cumplimiento de la voluntad de Dios, y esto está contenido en los mandamientos de Dios y en los deberes de estado. Fueron los padres de Helena quienes cumplieron con sus deberes muy concienzudamente.
Tanto papá como mamá eran personas dedicadas y trabajadoras. Esta forma de trato honesto del trabajo, de respeto por la propiedad ajena, de vida de oración fluía de una fe viva en Dios.
La familia Kowalski era, como dijo el padre Franciszek Jabłonski, su párroco en 1937, “católicos muy corrientes”. No se diferenciaron del resto de feligreses. Y, sin embargo, como recuerda sor Faustina en su Diario cuando relata su encuentro con sus padres en febrero de 1935, la oración de su padre, el ejemplo de sana piedad que le dieron sus padres, conmovió el corazón de la santa: “nos arrodillamos todos para agradecer a Dios por la gracia de podernos todos ver una vez más en la vida”
(D-397). “Al ver cómo rezaba mi padre me avergoncé mucho, porque yo después de tantos años en el convento, no sabía rezar con tanta sinceridad y tanto ardor. No dejo de agradecer a Dios por los padres que tengo” (D-398). Notemos que el mismo hecho de que inmediatamente después del saludo todos se arrodillaron y comenzaron a agradecer a Dios por el encuentro, testimonia la actitud de plena humildad y gratitud de los padres de Helena. Sabían muy bien que le debían todo a Dios. Esta actitud de humildad y gratitud proviene de la confianza en Dios, es decir, de la fe viva en que todo es gracia.
Sí, es cierto, todo es gracia. Dios ha elegido el lugar donde nace cada uno de nosotros. Las condiciones en las que vivimos pueden servir como una oportunidad para el desarrollo personal, para un conocimiento más profundo de Dios y para una confianza auténtica en El. Sin embargo, el ejemplo de la vida de los padres es sumamente importante.

Los padres tienen una gran responsabilidad ante Dios.

Y aquí me gustaría dirigirme especialmente a ustedes, estimados padres. Dios cuenta contigo. Dios te confía los hijos. Quién sabe si a uno de tus hijos Dios no le querrá encomendar alguna tarea especial a cumplir, alguna misión particular. Pero la pregunta es si con tu propio testimonio de vida muestras a tus hijos la verdadera imagen de Dios como un Padre misericordioso en quien vale la pena confiar.
Sor Faustina no tenía las condiciones ideales de vida ni los padres perfectos. Sin embargo, los amaba porque le dieron a Dios, le mostraron el sentido de la vida, incluso en condiciones de vida difíciles y duras. Siempre existe la oportunidad de crecer en la confianza en Dios y en la misericordia hacia los demás. Por eso, repitamos a menudo en nuestra vida cotidiana, tal como está, las palabras de la oración que nos enseñó sor Faustina: ¡Jesús, en Vos confío!

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Jesús, en Vos confío

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