Evangelio de la Pasión del Señor (extracto)
[…] La patrulla, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, lo ataron y lo llevaron primero a Anás, porque era suegro de Caifás, sumo sacerdote aquel año; era Caifás el que había dado a los judíos este consejo: “Conviene que muera un solo hombre
por el pueblo”. Simón Pedro y otro discípulo seguían a Jesús.
Este discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús en el palacio del sumo sacerdote, mientras Pedro se quedó fuera a la puerta. Salió el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló a la portera e hizo entrar a Pedro. La criada que hacía de portera dijo entonces a Pedro: “¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?” El dijo: “No lo soy”.
Los criados y los guardias habían encendido un brasero, porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos de pie, calentándose. El sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de la doctrina. Jesús le contesto: “Yo he hablado abiertamente al mundo; Yo he enseñado continuamente en la sinagoga
y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada a escondidas. ¿Por qué me interrogas a Mí? Interroga a los que me han oído, de qué les he hablado. Ellos saben lo que he dicho Yo”.
Apenas dijo esto, uno de los guardias que estaba allí le dio una bofetada a Jesús, diciendo: “¿Así contestas al sumo sacerdote?” Jesús respondió: “Si he faltado al hablar, muestra en qué he faltado; pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?” Entonces Anás lo envió atado a Caifás, sumo sacerdote.
Simón Pedro estaba en pie, calentándose, y le dijeron: “¿No eres tú también de sus discípulos?” El lo negó, diciendo: “No lo soy”. Uno de los criados del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro le cortó la oreja, le dijo: “¿No te he visto yo con El en el huerto?” Pedro volvió a negar, y enseguida canto un gallo.
Llevaron a Jesús de casa de Caifás al pretorio. Era el amanecer, y ellos no entraron en le pretorio para no incurrir en impureza y poder así comer la Pascua. Salió Pilato afuera, adonde estaban ellos, y dijo: “¿Qué acusación presentáis contra este hombre?” Le contestaron: “Si éste no fuera un malhechor, no te lo entregaríamos”. Pilato les dijo:
“Lleváoslo vosotros y juzgadlo según vuestra ley”. Los judíos le dijeron: “No estamos autorizados para dar muerte a nadie”. Y así se cumplió lo que había dicho Jesús, indicando de qué muerte iba a morir. Entró otra vez Pilato en el pretorio, llamó a
Jesús y le dijo: “¿Eres Tú el rey de los judíos?” Jesús le contestó: “¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?” Pilato replicó: “¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mi; ¿que has hecho?” Jesús le contestó: “Mi realeza no es de este mundo. Si mi realeza fuera de este mundo, los que están a mi
servicio habrían combatido para que Yo no fuera entregado a los judíos. Pero mi realeza no es de aquí”. Pilato le dijo: “¿Entonces Tú eres rey?” Jesús respondió: “Tú lo dices: Yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la Verdad. El que es de la Verdad, escucha mi voz”. Pilato le preguntó: “¿Qué es la verdad?”.
Al decir esto, salió nuevamente a donde estaban los judíos y les dijo: “Yo no encuentro en El ningún motivo para condenarlo. Y ya que ustedes tienen la costumbre de que ponga en libertad a alguien, en ocasión de la Pascua, ¿quieren que suelte al rey de los judos?” Ellos comenzaron a gritar, diciendo: “¡A El no, a Barrabás!” Barrabás era un bandido. Pilato mandó entonces azotar a Jesús. Los soldados tejieron una corona de espinas y se la pusieron sobre la cabeza. Lo revistieron con un manto rojo, y acercándose, le decían: “¡Salud, rey de los judíos!”, y lo abofeteaban. Pilato volvió a salir y les dijo: “Miren, lo traigo afuera para que sepan que no encuentro en El ningún motivo de condena”. Jesús salió, llevando la corona de espinas y el manto rojo. Pilato les dijo: “¡Aquí tienen al hombre!” Cuando los sumos sacerdotes y los guardias lo vieron, gritaron: “¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!” […]. “¡Que muera! ¡Que muera! ¡Crucifícalo!”
[…]. Entonces Pilato se lo entregó para que lo crucificaran, y ellos se lo llevaron. Jesús, cargando sobre Sí la cruz, salió de la ciudad para dirigirse al lugar llamado “del Cráneo”, en hebreo “Gólgota”. Allí lo crucificaron; y con El a otros dos, uno a cada lado y Jesús en el medio […]. Después que los soldados crucificaron a Jesús, tomaron sus vestiduras y las dividieron en cuatro partes, una para cada uno. Tomaron también la túnica,
y como no tenía costura, porque estaba hecha de una sola pieza de arriba abajo, se dijeron entre sí: “No la rompamos. Vamos a sortearla, para ver a quién le toca”. Así se cumplió la Escritura que dice: Se repartieron mis vestiduras y sortearon mi túnica. Esto fue lo que hicieron los soldados.
Junto a la Cruz de Jesús, estaba su Madre y la hermana de su Madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la Madre y cerca de ella al discípulo a quien El
amaba, Jesús le dijo: “Mujer, aquí tienes a tu hijo”. Luego dijo al discípulo: “Aquí tienes a tu Madre”. Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa.
Después, sabiendo que ya todo estaba cumplido, y para que la Escritura se cumpliera hasta el final, Jesús dijo: “Tengo sed”. Había allí un recipiente lleno de vinagre; empaparon en él una esponja, la ataron a una rama de hisopo y se la acercaron a la boca. Después de beber el vinagre, dijo Jesús: “Todo se ha cumplido”. E inclinando la cabeza, entregó su espíritu. Era el día de la Preparación de la Pascua. Los judíos pidieron
a Pilato que hiciera quebrar las piernas de los crucificados y mandara retirar sus cuerpos, para que no quedaran en la cruz durante el sábado, porque ese sábado era muy solemne. Los soldados fueron y quebraron las piernas a los dos que habían sido crucificados con Jesús. Cuando llegaron a El, al ver que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con
la lanza, y en seguida brotó Sangre y Agua. […] Esto sucedió para que se cumpliera la Escritura que dice: No le quebrarán ninguno de sus huesos. Y otro pasaje de la Escritura, dice: Verán al que ellos mismos traspasaron […]. En el lugar donde lo crucificaron había una huerta y en ella, una tumba nueva, en la que todavía nadie había sido sepultado.
Como era para los judíos el día de la Preparación y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.
Ver video con reflexion del Evangelio Pbro. Germán Saksonoff co.
Reflexión del evangelio Pbro. lic. Mauro Carlorosi, co.
Todo el mal se abalanza sobre Cristo. Como si el mal le dijera: “¿Tú quieres redimir al mundo de tanto odio? Deberás probar su sabor…”. Cada tentación, cada dolor moral,
cada abandono, cada latigazo, escupida, desprecio, cada clavo que lo perfora, cada burla… cada pecado nuestro es llevado en su santa Alma, en su puro Cuerpo con la enorme expectativa de Jesús de poder ver en nuestra alma que ese dolor nos mueva a amarlo, nos ayude a pedir perdón, nos haga mejores cristianos y nos gane el Cielo.
Popósito del día
Participaré del Oficio de la Pasión del Señor y lo ofreceré por la conversión de mis familiares y de los pecadores endurecidos.
Santos del día:
San José, el Himnógrafo Siciliano de origen, emigró con su familia al sur de Grecia, por las invasiones árabes. Ingresó al monasterio de Latonia y fue ordenado sacerdote. En el
840 junto a san Gregorio luchó contra la herejía iconoclasta, en Constantinopla.
El emperador Basilio I le confió la custodia de Santa Sofía en Constantinopla.
Murió en el 886.
Liturgia del día
Viernes Santo de la Pasión del Señor. Rojo. Día de ayuno y abstinencia.
Reflexión para las tres de la tarde.
Durante la noche en el Huerto de los Olivos, todo estaba envuelto en una tiniebla de tentaciones infernales que acosaban al afligido Salvador buscando causar cobardía, desobediencia y dolor en El, y desilusión y miedo en los apóstoles.
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