InicioQué es la Divina MisericordiaLa Hora de la Misericordia

La Hora de la Misericordia

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El momento de la muerte de Jesús en la cruz, es decir, las tres de la tarde, es una realidad muy especial en la devoción a la Divina Misericordia. En ese momento el Señor nos pide permanecer en espíritu al pie de la cruz a fin de suplicar la misericordia para uno mismo y para el mundo entero, en especial para los pecadores, en virtud de los méritos de su pasión.

En octubre de 1937, el Señor Jesús le encomendó a sor Faustina adorar diariamente la Misericordia Divina meditando su dolorosa pasión a las tres de la tarde, la hora de su muerte: “Cuantas veces oigas el reloj dando las tres, sumérgete en Mi misericordia, adorándola y glorificándola; suplica su omnipotencia para el mundo entero y, especialmente, para los pobres pecadores, ya que en ese momento, se abrió de par en par para cada alma” (D. 1572). Esta forma exterior de culto a la Misericordia lleva el nombre de la Hora de la Misericordia o la Hora de la Gran Misericordia. Las indicaciones de Jesucristo acerca de esta forma del culto son las siguientes: “En esta hora procura rezar el vía crucis, en cuanto te lo permitan los deberes; y si no puedes rezar el vía crucis, por lo menos entra un momento en la capilla y adora en el Santísimo Sacramento a mi Corazón que está lleno de misericordia. Si no puedes entrar en la capilla sumérgete en oración allí donde estés, aunque sea por un brevísimo instante” (D. 1572).

Las condiciones para practicar la Hora de la Misericordia: 1) La oración que se realice debe ser dirigida a Jesús y debe unirnos con Jesucristo que agoniza en la cruz (Vía Crucis, visita al Santísimo Sacramento, elevación de una oración y/o pensamiento, etc.). 2) Debe ser rezada a las tres de la tarde, cuando el reloj marca la hora exacta[2]. 3) Debe suplicar misericordia para el mundo entero, en especial para los pecadores, apelando a los méritos de la Pasión del Señor. 4) Debe ser rezada con confianza y disposición a las obras de misericordia.

Promesas:

A los fieles que acepten esta invitación de acompañarlo en su sufrimiento durante su pasión y su muerte, compartiendo en especial su sufrimiento moral, su dolor físico, su soledad, su rechazo, su angustia y su abandono, etc., les dirige la siguiente promesa: “A esa hora nada le será negado al alma que me lo pida por los méritos de mi pasión” (D. 1320). “En esa hora puedes obtener todo lo que pidas para ti o para los demás. En esa hora se estableció la gracia para el mundo entero: la misericordia triunfó sobre la justicia” (D. 1572).

(Libro «La Divina Misericordia prepara al mundo», P. Mauro Carlorosi co.)

 

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