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La Cruz Gloriosa – P. Iraburu: Cruz de vida

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Testimonio de los primeros mártires y teólogos de la Cruz.

«En la cruz está la vida y el consuelo, y ella sola es el camino para el Cielo»            (santa Teresa de Avila).

La devoción a la Cruz, a Cristo crucificado, a la Pasión de Cristo ha sido desde el comienzo de la Iglesia una de las coordenadas principales de la espiritualidad cristiana.
La siguiente es una Homilía antigua sobre el grande y santo Sábado. En ella Cristo desciende al abismo y anuncia a Adán y a todos los muertos el triunfo de su Cruz, que les devuelve a la vida, a una vida inmensamente mejor que la que perdieron al morir.

Primeros frutos en el Sábado Santo

«¿Qué es lo que hoy sucede? Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio porque el Rey duerme. La tierra temió sobrecogida, porque Dios se durmió en la carne y ha despertado a los que dormían desde antiguo. Dios ha muerto en la carne y ha puesto en conmoción al abismo. Va a buscar a nuestro primer padre como si fuera la oveja perdida. Quiere absolutamente visitar “a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte” (Lc 1,79). El, que es al mismo tiempo Dios e Hijo de Dios, va a librar de su prisión y de sus dolores a Adán y a Eva.
El Señor, teniendo en sus manos las armas vencedoras de la cruz, se acerca a ellos. Al verlo nuestro primer padre Adán, asombrado por tan gran acontecimiento, exclama
y dice a todos: ‘Mi Señor esté con todos’. Y Cristo, respondiendo, dice a Adán: ‘Y con tu espíritu’. Y tomándolo por la mano le añade:’Despierta, tú, que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz’ (Ef 5,14).
Yo soy tu Dios, que por ti y por todos los que han de nacer de ti me he hecho tu hijo… A ti te mando: despierta tú que duermes, pues no te creé para que permanecieras cautivo en el abismo; levántate de entre los muertos, pues yo soy la vida de los muertos.
Levántate, obra de mis manos; levántate, imagen mía, creado a mi semejanza. Levántate, salgamos de aquí, porque tú en Mí, y Yo en ti, somos una sola cosa.
Por ti yo, tu Dios, me he hecho tu hijo; por ti yo, tu Señor, he revestido tu condición servil… por ti, que fuiste expulsado del huerto, he sido entregado a los judíos en el huerto, y en el huerto he sido crucificado. Contempla los salivazos de mi cara, que he soportado para devolverte tu primer aliento de vida; contempla los golpes de mis mejillas, que he soportado para reformar, de acuerdo con mi imagen, tu imagen deformada; contempla los azotes en mis espaldas, que he aceptado para aliviarte del peso de los pecados, que habían sido cargados sobre tu espalda; contempla los clavos que me han sujetado fuertemente al madero, pues los he aceptado por ti, que
maliciosamente extendiste una mano al árbol prohibido.
Dormí en la cruz, y la lanza atravesó mi costado, por ti, que en el paraíso dormiste, y de tu costado diste origen a Eva. Mi costado ha curado el dolor del tuyo. Mi sueño te saca del sueño del abismo. Mi lanza eliminó aquella espada que te amenazaba en el paraíso.
Levántate, salgamos de aquí. El enemigo te sacó del paraíso; yo te coloco no ya en el paraíso, sino en el trono celeste» (Migne Griego 43, 439. 451. 462-463: leer
más en la Liturgia de las Horas, Sábado Santo).

Melitón de Sardes (s. II)

Obispo de Sardes, en Lidia, asceta, teólogo sumamente venerado. Hacia el 190, se lo consideraba como una de ‘las grandes estrellas’ del Asia Menor. En este texto contempla el misterio pascual del Cordero inmolado por nosotros, que quita el pecado del mundo en su sacrificio de expiación.
«Muchas predicciones nos dejaron los profetas en torno al misterio de Pascua, que es Cristo: a El la gloria por los siglos de los siglos. Amén. El vino desde los Cielos a la tierra a causa de los sufrimientos humanos; se revistió de la naturaleza humana en el vientre virginal y apareció como hombre; hizo suyas las pasiones y sufrimientos humanos con su cuerpo, sujeto al dolor, y destruyó las pasiones de la carne, de modo que quien por su espíritu no podía morir acabó con la muerte homicida. Se vio arrastrado como un cordero y degollado como una oveja, y así nos redimió de idolatrar al mundo, como en otro tiempo libró a los israelitas de Egipto, y nos salvó de la esclavitud diabólica, como en otro tiempo a Israel de la mano del Faraón; y marcó nuestras almas con su propio espíritu y los miembros de nuestro cuerpo con su sangre.
Este es el que tuvo que sufrir mucho y en muchas ocasiones: el mismo que fue asesinado en Abel y atado de pies y manos en Isaac, el mismo que peregrinó en Jacob y fue
vendido en José, expuesto en Moisés y sacrificado en el cordero, perseguido en David y deshonrado en los profetas» (Homilía sobre la Pascua 65-71: Liturgia de las Horas del Jueves Santo).

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