InicioQué es la Divina Misericordia"Faustina: Grandes almas"

«Faustina: Grandes almas»

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En el corazón puro y humilde mora Dios, que es la Luz misma, y todos los sufrimientos
y contrariedades existen para que se manifieste la santidad del alma.

593- Oh Jesús mío, no hay nada mejor para un alma que las humillaciones. En el desprecio está el secreto de la felicidad; cuando el alma llega a conocer que es una nulidad, la miseria personificada y que todo lo que tiene de bueno en sí misma, es exclusivamente don de Dios, cuando el alma ve que todo lo que tiene en sí le ha sido dado gratuitamente y que de sí tiene solamente la miseria, esto la mantiene continuamente humilde delante de la Majestad de Dios y Dios, viendo tal disposición del alma, la persigue con sus gracias. Cuando el alma se hunde en el abismo de su miseria, Dios hace uso de su omnipotencia para enaltecerla. Si hay en la tierra un alma verdaderamente feliz, ésta es solamente un alma verdaderamente humilde. Al principio el amor propio sufre mucho a causa de eso, pero si el alma enfrenta valerosamente repetidos combates, Dios le concede mucha luz en la que ella ve lo miserable y engañoso que es todo. En su corazón está solamente Dios; un alma humilde no confía en sí misma, sino que pone su confianza en Dios. Dios defiende al alma humilde y El mismo se introduce en las cosas de ella y entonces el alma permanece en máxima felicidad que
nadie puede comprender.

1502- Nunca soy servil ante nadie. No soporto adulaciones y la humildad es solamente la verdad, en una verdadera humildad no hay servilismo; aunque me considero la más pequeña de todo el convento, por otra parte estoy contenta con la dignidad de ser esposa de Jesús… No importa que a veces oiga decir que soy soberbia, ya que sé bien que el juicio humano no logra descubrir los motivos de las acciones.

573- Una vez el confesor dijo que fuera a ver aquella casa, si era la misma que yo había visto en visión. Cuando fui con mi confesor a ver la casa, o más bien las ruinas, con un solo vistazo reconocí que todo era igual a lo que había visto en visión […]. Me alegré mucho de ver una conformidad absoluta de esas cosas con las que había visto en la visión. Cuando el confesor hablaba del arreglo de las celdas y de otras cosas, encontré todo idéntico a lo que me había dicho Jesús. Me alegro grandemente de que Dios obre por él, pero no me sorprendo nada de que Dios le dé tanta luz, ya que en el corazón puro y humilde mora Dios que es la Luz misma y todos los sufrimientos y todas las contrariedades existen para que se manifieste la santidad del alma. Al regresar a casa, entré en seguida en nuestra capilla para descansar un momento, de repente oí en el alma estas palabras: “No tengas miedo de nada, Yo estoy contigo, estos asuntos están en mis manos y los realizaré según mi Misericordia, y nada puede oponerse a mi Voluntad”.

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