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¿Tú crees en el Hijo de Dios? articulo de la revista Adoradores Enero

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Al venir a dedicarme en este Sagrario un poco de tiempo, me estás diciendo que de corazón y de obras sabes en dónde Estoy…

¡Tengo que hacer esa pregunta a tantos y tantas veces!

Me veo tratado por muchos de mis bautizados y hasta de mis preferidos de modo tan distinto de como debe ser tratado el Hijo de Dios, que ha lugar a que les vuelva a preguntar como a aquel cieguecito de Siloé que, después de curado, no sabía quién era
el hombre aquel que le había devuelto la vista: ¿Tú crees en el Hijo de Dios?
Pero con esta gran diferencia: que el ciego del milagro podía tener motivos legítimos para no conocerme, ¡ciego de nacimiento, ignorante, obligado a mendigar su sustento, sin una mano que lo hubiera traído a Mí y sin una voz caritativa que de Mí le hubiera hablado!… ¡Pero los otros, los nacidos en familias y pueblos cristianos, los agasajados por mi Corazón, los instruidos en mi Ley, ésos… deben estar enterados de quién es el hombre aquel! ¡Y, sin  embargo, ni aun como hombre me tratan!
La confesión de la boca y de la cabeza
Sí, ¡tengo tantos amigos aun no enterados de quién es el Jesús del milagro de su primera Comunión, de la serie de ellos de su seminario, del milagro de los milagros de su sacerdocio!…
Cierto que sus bocas y aun sus cabezas, me confiesan Hijo de Dios, pero
¿sus obras?, ¿sus corazones? Estas dos cosas responden de Mí como a los fariseos respondían el ciego y sus padres. ¿Dónde está Él?, preguntaban al primero,
¿en dónde está el que te ha curado? Respondía: No lo sé. ¿Quién abrió sus ojos?, preguntaban a los segundos. No lo sabemos. No sabemos… En ellos no me dolía esa respuesta porque aun no me conocían. Pero, ¿en mis amigos?, ¿que tengan que decir con sus obras y con su corazón que no saben en dónde estoy ni quién soy?
La confesión de corazón y de obras
Porque si de corazón y de obras supieran en dónde Yo estoy, ¿me vería tan solo de sacerdotes en mis Sagrarios?, ¿me vería tan poco buscado por ellos en sus penas, en sus alegrías, en sus perplejidades, en sus luchas… en mis abandonos?…
Y si de corazón y de obras supieran quién soy, ¿me vería tan poco y tan desfiguradamente predicado, tan fríamente sentido, tan injustamente preterido… de los míos?…
¡Ah!, sacerdote, que al venir a dedicarme en este Sagrario un poco de tiempo,
me estás diciendo que de corazón y de obras sabes en dónde estoy y quién soy
Yo, ¿no descubres una gran espina para mi Corazón en ese desconocimiento
afectivo y práctico de los míos? ¿Verdad que me sobra razón para salir al encuentro de cada uno de ellos y preguntarle: Pero ¿tú crees en el Hijo de Dios? ¿Tú crees en tu Misa? ¿Tú crees en tu Sagrario? ¿Tú crees en el Hijo de Dios? ¡Tengo que hacer esa pregunta a tantos y tantas veces!
Y ¿no has de creer?
¡Si mejor que nadie tú sabes que en una y en otro le has visto, el que habla contigo, ése es, lo ves y te habla Él mismo!…
Y si crees, ¿por qué no terminas como el ciego del milagro, creo, Señor – dijo él- y le adoró?, ¿por qué tu fe en el Hijo de Dios no te lleva a adorarlo no sólo con tu boca y con tu cabeza, sino con tu corazón y tus obras? ¿Podría haber para tu vida pública y privada, de hombre y de sacerdote, y para todas las manifestaciones de tu vida y de tu persona un programa más completo y más adecuado que éste: Que todo tú y todo lo tuyo sea respuesta digna al ¿tú crees en el Hijo de Dios? Ese programa, así cumplido, quitaría
a tu vida y a tu persona la dualidad que tanto escandaliza al pueblo; haría
desaparecer ese doble hombre público y privado y produciría esto sólo: un sacerdote de Jesús. ¡Con costumbres, hábitos, aficiones, porte y trato de sacerdote! ¡Hombre de Dios, siempre y en todo sacerdote!
Una fe viva ¡Si se creyera en Mí! Pero ¡con lógica, con consecuencia, con formalidad
y con constancia! Si con esa fe se creyera en mi Sagrario, ¿quién te ha dicho que habría tanto sacerdote fluctuante en las congojas del desaliento y del pesimismo o ahogado
entre las olas turbias de tentaciones y tibiezas?
Tú al menos, sacerdote, que me visitas en mi Sagrario, cree así en Mí. Y creyendo en Mí, verás cómo tienes fe en tu ministerio, que es divino; en tu palabra, que es mía; en tu oración, que es de la Iglesia, en tu acción que es ministerial; hasta en tu presencia, que
me representa a Mí.
Y con esa fe verás qué acompañado te sientes y con qué decisión y firmeza andas sereno sobre todas las olas reales y simbólicas y hasta sobre brasas encendidas sin mojarte ni quemarte. Sacerdote, ¡si creyeras del todo y siempre en Mí!…
¡Qué feliz vivirías, qué seguro andarías, qué claro verías, qué resueltamente
saltarías por encima de todos los obstáculos, con qué paz avanzarías cogido de la mano de mi Madre Inmaculada y apoyado sobre mi pecho! ¡sacerdote, amigo mío, cree en Mí y
fíate de Mí!… San Manuel González/ Adaptación

Pero ¿tú crees en el Hijo de Dios?
¿Tú crees en tu Misa? ¿Tú crees en tu Sagrario?

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