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Adoradores: «Vamos al sacrificio de Jesús (III-b) (Continuación)

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Gloria (en los días festivos)
Para saber porqué se reza el Gloria en la misa, tenemos que saber primero qué quiere decir “gloria”. Entre los hombres, “gloria” significa la fama, el honor y el reconocimiento que tiene una persona gracias a algo grande e importante que hizo, o a alguna buena acción. La gloria del mundo es la fama o el reconocimiento que los hombres se dan entre sí, cuando alguien hace algo que es –o parece- ser importante o bueno. Por ejemplo, casi todos los días uno puede enterarse, por la televisión o Internet, de titulares en los diarios, como los siguientes: “El futbolista Fulano de tal alcanzó la gloria después de anotar un ‘hat-trick’”. En este caso, el periodista, los espectadores del partido de fútbol, la televisión, “dan gloria”, glorifican al futbolista y el futbolista recibe, gustoso, esta gloria que, por ser de los hombres y terminar en los hombres, se llama “mundana”. Lo mismo sucede con cualquier actividad del hombre, que felicita o glorifica a otro hombre.
Con respecto a esta gloria mundana, hay un dicho en latín, que dice: “Sic transit gloria mundi: así pasa la gloria de este mundo”, queriendo decir que la gloria que los hombres se dan unos a otros, las alabanzas, los elogios, la fama, pasa y no vuelve más, y es como humo que se lleva el viento, y delante de Dios, de nada sirven. En otras palabras, no nos servirá, para nuestro juicio particular, que decidirá cómo será nuestra eternidad, si en el gozo o en el dolor, el haber glorificado a un hombre, alabándolo por sus talentos, por sus posesiones, por sus dones. En el día de nuestro juicio particular, Dios no nos preguntará cuántas veces vimos las repeticiones de los goles de Messi, ni nos preguntará cuáles son los “récords” de Messi en el Barcelona; tampoco querrá que le digamos cuántos goles hizo en total Cristiano Ronaldo. No nos preguntará tampoco los nombres de los temas más famosos de nuestro cantante favorito, ni las películas más exitosas de nuestros actores preferidos. No nos preguntará cuántos títulos conseguimos en la universidad, ni cuántos viajes hicimos al exterior, ni cuántas camionetas cuatro por cuatro llegamos a tener, ni cuántos libros escribimos. Nos preguntará cosas muy distintas: buscará en nuestros corazones el amor y nos preguntará cuántas fueron las obras de misericordia, corporales y espirituales, que hicimos por amor, y no por interés o para figurar ante los demás.
En otras palabras, la gloria mundana, la gloria que los hombres se dan unos a otros, desaparece muy pronto, y al final de la vida, no nos sirve para nada.
En cambio, la palabra “gloria”, cuando se usa en la iglesia, quiere decir algo distinto. La “gloria de Dios”, o “gloria
de Yahveh”, es lo que Dios muestra de El mismo cuando se aparece a los hombres: muestra su infinito poder, su infinita sabiduría, su Amor eterno, su santidad, su Ser divino, imposible de ser comprendido por los ángeles y los hombres.
Cuando Dios obra, todo lo hace de modo glorioso, porque El es su misma gloria. Por ejemplo, cuando los hebreos cruzan el Mar Rojo, son ayudados por Dios, quien de modo maravilloso los hace cruzar el cauce seco del mar, separando las aguas; o cuando decide encarnarse en el seno de la virgen María, lo hace de modo glorioso, porque es una encarnación virginal, y así con todas sus obras. En todo lo que Dios hace, muestra su gloria, porque no puede obrar de otra manera que no sea con gloria, ya que El es Omnipotente, infinitamente sabio, eternamente santo y bondadoso.
El es su misma gloria, y por eso su gloria –es decir, la honra, el honor, de Dios-, es eterna, no pasa nunca ni jamás podrá pasar nunca, a diferencia de la gloria de los hombres, la gloria mundana, que comienza a la mañana y al empezar la tarde ya no existe.
Esta gloria divina no viene de los hombres, sino de Dios, y es Dios el único que puede darla: la da, ante todo, a su Hijo Unigénito, Jesucristo, desde toda la eternidad, y la da también a sus amigos, los ángeles de luz, los ángeles buenos, y a los santos, aquellos que rechazaron la gloria del mundo, la que dan los hombres, para obtener la gloria que sólo Dios puede dar. Es esta gloria la que cantamos en misa, y es la gloria de Jesucristo, el Hombre-Dios, que dio su vida por nosotros, para salvarnos de la muerte eterna, muriendo en la cruz, y es la misma gloria que El da a quien lo recibe, con fe y con amor, en la Eucaristía.
En la misa, el rezo del Gloria, significa la alabanza que los hombres damos a Dios por ser El quien Es, Dios tres veces santo, infinitamente bondadoso y lleno de poder, majestad y hermosura. Y junto a la alabanza va unida la adoración, porque reconocemos que nosotros, comparados con El, somos “nada más pecado”, como dicen los santos.
Glorificamos a Dios por ser quien es, Dios de majestad infinita y de Amor eterno, pero también y sobre todo lo glorificamos por la obra más grande de todas sus obras grandes, la Santa Misa, que es la renovación incruenta, sin derramamiento de sangre, en el altar, del santo sacrificio del calvario.
En la misa resplandecen la sabiduría y la bondad divinas, es decir, Dios se manifiesta con todo el esplendor de su gloria. En la misa brilla, con esplendor divino, con un brillo más brillante que miles de millones de soles juntos, la majestuosa gloria de un Dios, que es Uno y Trino, inabarcable para el hombre y el ángel, en su grandeza infinita.
Esa obra maravillosísima que es la misa hace quedar como casi nada todas las otras inmensas obras de Dios, comprendida la creación del universo visible y del invisible. Es en reconocimiento a su majestad, a su gloria, a su bondad infinita, a su sabiduría sin medida, a la hermosura de su ser divino, que se muestran en el misterio pascual de muerte y resurrección del Hombre-Dios Jesucristo, la Iglesia toda, hombres y ángeles, entonamos el Gloria, un canto de fiesta, de alabanza y de alegría al Dios Uno y Trino, “himno antiquísimo y venerable con el que la Iglesia, congregada en el Espíritu Santo, glorifica a Dios Padre y glorifica y le suplica al Cordero”.
El Gloria comienza con la oración de los ángeles en la noche del Nacimiento
–“Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor” (cfr. Lc 2, 14)-, y por esto, cuando lo entonamos, nos parece estar adorando al Niño Dios en la noche santa de Belén, pero en realidad, es un himno dedicado no solo a Dios Hijo, sino a las Tres Divinas Personas de la Santísima Trinidad: la primera parte está dirigida al Padre, hasta “Dios Padre omnipotente”; la segunda, al Hijo: “Sólo Tú, Altísimo Jesucristo”, y la última al Espíritu Santo: “Con el Espíritu Santo”.
Al igual que los kyries, que se cantaban a los reyes y emperadores que entraban triunfantes en la ciudad después de una batalla, sucede lo mismo con el Gloria: lo cantaba el pueblo cuando, colocado a ambos lados del camino, aclamaba al emperador a su paso.
Y también como sucedió con los kyries, la Iglesia los adoptó, y los usó para cantar al Rey de reyes y Señor de señores (cfr. Ap 19, 16), que ingresa triunfal en el templo de Dios (cfr. Heb 4, 14), enarbolando el estandarte ensangrentado de la Santa Cruz, luego de haber derrotado para siempre a los grandes enemigos de la humanidad, el demonio, el mundo y la carne.
También en la Iglesia, con el Gloria, se suceden los coros de aclamaciones: “¡Te alabamos! ¡Te bendecimos! ¡Te adoramos! ¡Te glorificamos! ¡Te damos gracias!”, a los cuales se agrega un nuevo coro: “Señor Dios, rey celestial, Dios, Padre todopoderoso, Señor, Hijo Único, Jesucristo”.
Como es un himno de Pascua, está dirigido a Jesús que, después de su muerte, resucita y se nos entrega, glorioso y resucitado, en la Eucaristía, en donde sus “llagas de crucificado brillan como rubíes, su Cuerpo presente en el sacramento fulgura como cristal, y de El, el Cordero del sacrificio, se irradia la luz pascual y los esplendores de la gloria eterna”. (Continuará)
Sitio del P. Álvaro: NACER (Niños y Adolescentes Adoradores de Cristo Eucaristía), http://infantesyjovenesadoradores.blogspot.com.ar

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